Diálogo sobre Hernán Cortés y la Conquista / En la opinión de Mauro González Luna

Redacción MX Político.- En mi artículo anterior anticipé este diálogo sobre Cortés y la Conquista de México. Se trata de un diálogo entre el periodista Frido Aliotti Kyan, de origen irlandés, nacionalizado mexicano, según se mencionó en otra ocasión, con un historiador cuyo nombre a solicitud del mismo se ha omitido. He aquí tal diálogo para descreer lo que nos han hecho creer.

Frido: amigo, seguro estoy que nos ubicarás en las circunstancias, valores y costumbres del tiempo en que acontecieron los hechos de la Conquista de México: principios del XVI. Es vital que nos ilustres pues en estos días, una senadora de lo que queda de República, ha aconsejado a los mexicanos no comer carne de puerco, ya que el hacerlo equivale a celebrar la caída de México Tenochtitlán; ¿qué opinas?

Historiador: el tiempo es infragmentable y nos eleva, pero el tiempo pasado entendido como espacio, nos paraliza. Yo le diría a la senadora, que los cerdos, las gallinas, las vacas, entre otros bípedos y cuadrúpedos, fueron traídos por los españoles en aquellos días, para servir de alimento a propios y extraños; era mucho mejor alimentarse de la carne de esos animales que de carne humana de indígenas sacrificados para alimento.

Con esa lógica, también debería ella prescindir del español, lengua nuestra desde siglos, y expresarse en otra lengua, o a señas para ser consistente.

Habría que dejar de utilizar al burro como animal de carga en poblados humildes de campesinos, y volver a usar a los tamemes para esa dura labor. El burro también fue traído por los españoles y libró a millares de indígenas de ser usados como bestias de carga. No en balde Vasconcelos afirma con ironía y verdad, que fue el burro el verdadero liberador de los indígenas, y que en lugar de tanta estatua de falsos héroes, deberían erigirse monumentos en honor del burro.

Frido: ay caray, sí que fue de gran utilidad que trajeran cerdos, vacas, burros…..; pero sin embargo, he leído que esa costumbre de sacrificar personas para luego comérselas, era parte de sus creencias religiosas, ¿era así?

Historiador: sí así era, pero para las víctimas, una desgracia inmensa, aterradora. Las numerosas víctimas eran puestas en engorda y sacrificadas a manos de los poderosos pueblos enemigos, para ser convertidas en cocinado alimento de los victimarios, como lo reseña Sahagún, ilustre colega y protector de indios.

Frido: vaya, sí que eran pueblos con notables cualidades pero también de grandes defectos, al igual que los españoles; déjeme hacerle una pregunta, ¿es cierto lo que he leído, de que pasada la mitad del siglo XV, las potencias europeas que habían tenido centrada su atención en sí mismas, y cuyas fuerzas se habían utilizado en guerras domésticas, estaban a la sazón en aptitud de emplear tales fuerzas en formidables empresas exteriores?

Historiador: cierto ello en verdad. En ese entonces se había fortalecido el espíritu inquieto y conquistador en todas las potencias de Europa; deseaba cada una engrandecerse. Y este espíritu era mucho más poderoso en España, con 700 años de lucha contra el infiel moro que culminó con la conquista de Granada; espíritu de conquista animado por un celo religioso y jurídico que hizo posible la llegada de los misioneros, verdaderos padres de los indígenas, la expedición de las leyes de Indias y de ordenanzas protectoras del indígena.

En la historia, de vez en vez Frido, surgen trastornos que mudan el orden de las cosas, y dan origen a otro donde el tiempo imprime su huella, “dando legitimidad y consistencia a lo que en su principio era obra de la fuerza”, han dicho bien.

Es prudente se ha dicho, juzgar esas revoluciones que trastocan el rostro del orbe en razón de sus consecuencias. Los justos motivos están ausentes por ejemplo, en las conquistas de Alejandro en Persia, de los romanos en el mundo hasta entonces conocido, de los bárbaros en el imperio romano, de los normandos en Inglaterra. Y sin embargo, a la postre por el transcurso de los siglos, la civilización avanzó y fueron formándose muchas de las grandes naciones que ahora conocemos.

había el propósito que con frecuencia atemperó los abusos.

Frido: pero Historiador amigo, ¿no fue monopolio de España, la violencia y crueldad en su Conquista?

Historiador: no Frido, esos males son propios de toda guerra y fueron especialmente comunes en tiempo de la Conquista, y lo siguen siendo hoy. Por ejemplo, los franceses saquearon Rávena y Brescia; Luis XII, rey francés con fama de bondadoso, ordenó se ahorcaran al gobernador de Peschiera y a su hijo, pues la vida de los prisioneros poco se respetaba en tal época. Y qué decir de los ingleses, exterminando en su momento, a los naturales o poniéndolos como reses en reservaciones, ¡y nunca mezclándose con su sangre por racismo! Ese destino habría sido el de México, de conquistarlo los ingleses.

Y después, en el siglo XIX, ya sin designio religioso alguno, varias naciones -cuyos escritores denostaron hipócritamente a los conquistadores españoles- cometieron los mismos atropellos de que se acusa a España, pero sin fundar, sin crear nada. Francia invadiendo Suiza para saquear sus tesoros de Berna, Austria repartiéndose Venecia con los franceses, Napoleón, años después, invadiendo España con atrocidades e injusticias, a las que se sumaron los ingleses en Badajoz y San Sebastián

Frido: ¡qué esclarecedor!, pero ya háblanos de Cortés en el momento en que él parte de Cuba, para emprender la Conquista de México, en abril de 1519.

Historiador: Cortés, con 109 marineros, 508 soldados, 200 indios de Cuba, 16 caballos y mínima artillería de 10 piezas pequeñas, 4 carabelas y 7 barcas pequeñas, salió de Cuba para iniciar la Conquista y enfrentarse con ese mundo desconocido. Su audacia, comparable a la de César, ambos piedras de escándalo. Tenía entonces 33 años. Llegó y se asentó en lo que hoy es la ciudad de Veracruz, y fundado el poblado, formó el ayuntamiento que le dio título para conquistar y poblar. Doña Marina, indígena, mujer bella e inteligente, le sirvió de intérprete y fiel consejera.

Pronto los indígenas totonacas de Cempoala, ofrecieron su apoyo a Cortés, para combatir a sus enemigos, los aztecas; éstos los sojuzgaban con vidas y tributos. Los tlaxcaltecas, indómitos guerreros, enemigos de los de Tenochtitlán, se unieron a Cortés después de haber defendido su nación con heroísmo y dignidad, bajo el mando de Xicoténcatl.

Tras la honrosa derrota, en señal de amistad, una princesa, hija del padre del héroe tlaxcalteca, fue dada en nupcias a un conquistador de renombre. La defensa tlaxcalteca, ha mencionado alguien, recuerda la caída de Troya narrada por Homero, el duelo formidable entre Héctor y Aquiles, y después el gesto paternal y humilde de Príamo, rey, ante Aquiles matador de su hijo.

Y así, otros pueblos sometidos al yugo de Tenochtitlán, se fueron sumando a los españoles, para al final derrotar al imperio azteca, el 13 de agosto de 1521.

Frido: desprendo entonces, que la victoria de los españoles no se habría dado sin el apoyo de los pueblos indígenas que estaban hartos del yugo azteca -que era en verdad brutal, conforme a los testimonios de Bernal, Sahagún y otros.

Historiador: concluyes bien Frido. La derrota de los aztecas, han dicho, fue más obra de la disensión entre los pueblos que de la espada conquistadora. Cortés, de inmediato se dio cuenta de esa circunstancia y la aprovechó. Es de destacarse que Cortés al someter a los pueblos indígenas, no alteraba su orden administrativo; seguían gobernados por los caciques, exigiéndose ciertos servicios, pero ya sin la carga y temor terrible de los sacrificios humanos.

Además, no hubo despojo como es costumbre en toda conquista, pues no existía la propiedad individual, sino comunal, y ésta siguió existiendo. Posteriormente, con las Leyes de Reforma juaristas del siglo XIX, sí se les despojó de muchas de sus tierras comunales, al igual que ahora con el neoliberalismo burdo o encubierto, ¡qué paradójico!

Los despojos de tierras y la esclavización o aniquilamiento de los vencidos, eran cosas comunes a toda conquista; pero los repartimientos y encomiendas de Cortés, a pesar de los graves abusos, fueron fórmulas menos gravosas para los indígenas que habían estado bajo el implacable dominio azteca, en virtud de ordenanzas y normas protectoras que se dictaron.

Mauro González Luna

APRO

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