La historia que no contó Amado Nervo / En opinión de Hernán González Gómez  

Redacción MXPolítico.- Muchos saben del encuentro del poeta y la joven francesa Ana Cecilia Dailliez —su ocultada compañera— y su triste final, pero nadie los antecedentes; y unos cuantos conocen los comienzos de Margarita Elisa, su hija, pero ninguno de su azarosa existencia en París, Madrid y México. ¿Quién fue La Amada Inmóvil y cómo fue su vida?, ¿qué le deparó el destino a su única hija, a la que Nervo adoptó y luego pretendió sin éxito?, son preguntas que el periodista mexicano (Saltillo, 1947), con información privilegiada de descendientes directos, intenta responder en la novela biográfica Vida, ¿nada me debes?, las dos mujeres de Amado Nervo, de inminente aparición. Presentamos unos fragmentos con ocasión del aniversario luctuoso del literato nayarita el 24 de mayo de hace 100 años en Montevideo, Uruguay.

 

 

Oye, pero sigo sin saber cómo se conocieron mi mamá y ese señor! –reclamé impaciente.

 

−Pues hay cuatro versiones de ese primer encuentro entre Ana Cecilia y Amado: la mía, la de éste, la de tu mamá, y la de Darío que, si bien no son muy diferentes, reflejan modos particulares de recordar esa increíble coincidencia que marcaría para siempre el destino de ambos, tan solitarios como afligidos, pero sobre todo tan necesitados de ayuda mutua, la cual se daría en términos más o menos justos aunque no del todo equitativos para ella. El periodista mexicano, tan reservado en su comportamiento como solidario con sus amigos, comentó con algunos de ellos, dos o tres quizá, que había venido a París como enviado del periódico El Imparcial para informar de la Exposición Universal de 1900, y que concluida ésta a mediados de noviembre, decidió permanecer en la ciudad por tiempo indefinido. Que se había citado con una amiga en un café del Barrio Latino a las siete y treinta de la tarde del sábado 31 de agosto de 1901. Bien, para ser precisos esa amiga era yo, pues unos días antes nos había presentado el poeta y diplomático nicaragüense Rubén Darío, hombre desenfadado, talentoso y divertido, pero cuya afición por la bebida solía rebasarlo, dando lugar a situaciones a veces incómodas, ridículas o incluso violentas. Nervo, recién llegado y deslumbrado con la ciudad, encontró en Darío simpatía e inicial acogida en su piso de Montmartre, aunque jamás un compañero de parrandas y cómplice de excesos como el popular nicaragüense hubiese querido. Ese sábado, te decía, le pedí a tu mamá que por favor fuera a avisarle a Amado que debido a un fuerte resfriado me era imposible acudir. Lo demás ha sido otro capricho del destino.

 

−¿Entonces tú y ese señor Darío eran novios?

 

−No, no precisamente. En realidad paseábamos, comíamos, bebíamos, jugábamos cartas, bailábamos y asistíamos a espectáculos e incluso a alguna sesión espiritista donde los ahí reunidos intentaban comunicarse con personas fallecidas, pero nosotros sin más compromiso que el de divertirnos juntos, ya fuera solos o acompañados, pues a Rubén, como buen bebedor y juerguista, mucho mejor subvencionado que el mexicano, le sobraban admiradoras, amistades, conocidos y no pocos gorrones. Con todo, en París el afamado hombre de letras centroamericano prefería, además de Francisca, su compañera española, a las cantantes, bailarinas, actrices o estrellas más o menos famosas, antes que a modestas costureras que sólo intentaban distraerse un poco y conversar con extranjeros amables, interesantes y ocurrentes.

 

−¿Y qué dijo el mexicano que hace versos?

 

−Contrariando la discreción que lo caracterizaba, un emocionado Nervo refirió a sus íntimos que el último día de agosto de 1901 había quedado de verse en un café con una joven que recién le presentaron pero, siempre según la versión del mexicano, ésta no apareció y en cambio en ese café nos encontró a mí y a mi hermana menor, tu mamá, que pasaba por una de sus fuertes etapas de abatimiento, tras once meses de una maternidad que en lugar de alegrarla y motivarla la descomponía. Insisto, no es que no te quisiera, sino que su amor por ti le provocaba sentimientos contradictorios, casi dañinos, pues al tiempo que con dedicación y ternura veía por tu cuidado, una ira sorda la agobiaba con el recuerdo frustrante e impotente de su desengaño, culpándose a ella y de paso al mundo entero, incluidas tu abuela y yo. Cuando estábamos a punto de marcharnos, un señor de aspecto extranjero pulcramente vestido, que nos había estado observando con discreción, se aproximó y en perfecto francés primero se disculpó, en seguida suplicó que le permitiéramos sentarse en nuestra mesa e invitarnos lo que estábamos tomando. Sorprendidas al principio e intrigadas después, iniciamos una conversación que literalmente nos envolvió en su tino y en su tono, a la vez culto, seductor, preciso, imaginativo, galante y tierno. Fue demasiado. La mirada antes contrita de tu madre empezó a cobrar un brillo que hacía mucho no le veía, y sus miradas se encontraban como si se conocieran de tiempo atrás. Sorprendida, inventé cualquier excusa para irnos, al tiempo que el ignoto caballero se ofrecía a acompañarnos “sólo hasta donde juzgáramos conveniente”. A las pocas semanas, según me contó un guapo escritor guatemalteco, quizá demasiado exquisito, el hombre propaló entre sus íntimos, con un mal disimulado aire de triunfo, que cuando Ana le dijo que no era mujer de un solo día y él preguntó que por cuánto tiempo y ella respondió que para toda la vida y él estuvo de acuerdo, el milagro de la mutua curación había comenzado. El resto, no sólo lo sabes sino que lo has padecido.

 

−¿Y qué dice mamá?

 

−Lo mismo que Nervo, pero desde su personal apreciación.

 

−¿O sea?

 

−Bueno, que luego de pasear juntos algunas ocasiones y comprobar unas afinidades desconocidas para ambos, fue Ana Cecilia la que le preguntó a Amado si era hombre de un solo día, a lo que el escritor, turbado, respondió que no, que de ninguna manera, que era hombre de principios, que encontraba demasiadas semejanzas de ánimo entre ambos y que con ella quería ser y estar para toda la vida. Pero en ese momento me parece que lo último que tu mamá quería era un compromiso formal con alguien. Dejar tirada a una mujer con un hijo es un maltrato muy serio, y si estaba enamorada ni te digo, y si le habían prometido matrimonio, podía matarse o matar. Llena de resentimientos, aprensiones, temores y prejuicios, la emoción que emanaba de aquella tristeza resultó sin embargo una involuntaria y efectiva forma de seducción que estimularía aún más el aprensivo, fantasioso, necesitado y solitario espíritu de Nervo, aquejado desde siempre por no sé qué ansias de absoluto y de certezas en un mundo incoherente, cambiante e impredecible por naturaleza. En cualquier caso y como suele suceder desde que los seres humanos deambulamos por la tierra, una vez más la supuestamente delicada y débil mujer se encargaría de reducir la impetuosa y audaz personalidad masculina, en ese dominar tan decorativo como disimulado, pero determinante, de los amores, humores y honores de las erráticas relaciones entre las personas.

 

−Por lo que toca a la versión del entrañable Darío –prosiguió Helena sin dejarme preguntar–, éste gustaba de referir, siempre según el talante y los coñacs que trajera y desde luego nunca en presencia del mexicano, que Nervo aguardaba una tarde en algún café del Bulevar San Germán, donde habíamos quedado de vernos luego de que semanas antes Rubén me lo presentara como “el poeta mexicano más inspirado del mundo, pues el de lengua española soy yo”, y soltar una sonora carcajada. Añadía que en mi lugar llegó tu mamá, sólo para informarle que yo tenía fiebre y que por favor me disculpara, a lo que Amado replicó a manera de consuelo: “Bueno, pero estás tú…”, y luego aquello de un solo día o para toda la vida, etcétera.

Autor: Hernán González Gómez

 

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