Silencio escolar, cómplice de agresión

“Hay parte institucional que no se permite mucho y el apoyo psicológico está muy limitado, incluso, hay pruebas que no se pueden aplicar porque son consideradas etiquetas, eso fue con la reforma de la educación”, asegura una experta en el tema

 

Por Pedro Antonio Valseca Pereyra

 

Ecatepec, Estado de México.- Desde 2014 la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico advertía que México era el primer lugar mundial en casos de acoso escolar; cuatro años más tarde el Estado de México promulga una ley como medida para atender el problema, sin embargo, a 45 días de su entrada en vigor, un estudiante asesina de un disparo a otro alumno en Huixquilucan; más tarde el homicida comete suicidio en su hogar.

 

El silencio se suma a la falta de una correcta detección y prevención del acoso escolar en los planteles educativos.

 

“El mutismo ha permitido que florezcan parte de los problemas, porque nadie debe decir nada…  es fundamental permitir y abrir la expresión de comunicación clara y fluida para combatirlo”, señala Miriam Morales Torres.

 

Psicóloga con experiencia en detección de problemas de conducta, bajo rendimiento escolar y atención educativa, explicó en entrevista para MX Político que en la práctica profesional se ha enfrentado a la negativa de practicar pruebas que pudieran detectar posibles conductas que pudieran indicar que un caso de acoso escolar podría estar en gestación.

 

“Hay parte institucional que no se permite mucho y el apoyo psicológico está muy limitado, incluso, hay pruebas que no se pueden aplicar porque son consideradas etiquetas, eso fue con la reforma de la educación”.

 

Visión legislativa

La ley para Prevenir y Atender el Acoso Escolar en el Estado de México fue publicada el 25 de enero de 2018; el decreto entró en vigor 30 días después de su publicación en el Periódico Oficial Gaceta del Gobierno.

 

En su artículo 7 establece las obligaciones de la Secretaría de Educación estatal en la materia, entre las que destaca el elaborar y difundir material educativo para la prevención y atención del acoso escolar; coordinar campañas de información, elaborar y expedir el Protocolo de actuación, aplicable ante los actos de acoso en el ambiente escolar; llevar a cabo estudios, investigaciones, informes y diagnósticos que permitan conocer la incidencia del fenómeno de acoso escolar.

 

Fomentar la participación de organizaciones de la sociedad civil, asociaciones de padres de familia, y vecinales con el objeto de fomentar su participación en acciones para prevenir y eliminar el acoso escolar; aplicar una encuesta anual entre la comunidad educativa para identificar los centros educativos con mayor incidencia de acoso escolar.

 

La Ley define al acoso escolar como “toda conducta intencional, direccionada, frecuente y en desigualdad de poder ya sea física, de edad, social, económica entre otras que se ejerce entre alumnos y en el entorno escolar, con el objeto de someter, explotar y causar daño”.

 

En el artículo 13 señala que el acoso puede ocurrir dentro del plantel educativo, inmediaciones o en otro lugar en el que los participantes tengan relación por la pertenencia al mismo plantel educativo o de diferentes escuelas.

 

También cuando la acción se desarrolle durante el desenvolvimiento de un programa o actividad escolar a cargo de un plantel educativo y en el transporte escolar.

 

Esta legislación involucra a los ayuntamientos para coordinar y mantener comunicación con las autoridades correspondientes para enfrentar el acoso escolar; implementar programas de asesoría jurídica y psicológica a los receptores de acoso escolar; y elaborar campañas de difusión sobre cultura de paz en los ámbitos familiar, educativo, comunitario, social y familiar.

 

Antecedentes

Existen algunos factores familiares, sociales y escolares que pueden servir de punto de partida para tratar de entender lo que sucede en la mente de un estudiante que ha sufrido acoso escolar y que sus acciones pueden llegar a convertirse en una expresión de violencia.

 

“Toda persona que tenga algún daño a nivel neurológico va a ser más propensa a presentar este tipo de cuadros o de llegar a ese tipo de violencia sin poderlo controlar”, comentó.

 

Además de esta condición, que es la minoría de los casos, existen los casos de jóvenes que han vivido en un estado constante de agresión, ya sea física o verbal.

 

“Familias en las que la carencia afectiva o constante maltrato vivido o presencial, va a llevar a una identificación con el agresor, es decir, hay una tendencia a repetir estas pautas a relacionarse que se van normalizando en la forma de relacionarse”.

 

Un tercer factor es el de los sistemas familiares que parecieran adecuados o funcionales, sin embargo, tienen límites muy difusos, esto también lleva a una no incorporación del deber ser o las reglas.

 

No se debe dejar de lado que el uso de sustancias como el alcohol o alucinógenos entre los menores, puede ser otro de los factores de riesgo.

 

Si a esto le sumamos la interacción grupal en las escuelas, los posibles focos para detectar conductas inadecuadas podrían ir en aumento.

 

Cuando un estudiante llega a un plantel educativo, lo que busca es crear grupos de pertenencia para ir consolidando su formación, sin embargo, en algunos casos los jóvenes no quieren ser parte del grupo, quieren dirigirlo, porque su personalidad les facilita esta condición, se trata de chicos que son admirados y seguidos por los demás, entonces se va normalizando la violencia para romper la dignidad del otro.

 

“Ahí lo que van a buscar es tener un lugar, y si a eso le sumamos los factores que mencionamos, viene una explosión completa en la que la única forma de manejarlo va a ser agresiones verbales, físicas y llegar a esta parte de masa, en la que todo eso que está allá me resulta una hostilidad lo quito, ese es el pensamiento que cierra, entonces, puedo llegar a matar”.

 

A nivel estructural, es la etapa en la que se va adecuando el “súper yo” y el “ello”.

 

“El super yo es el deber ser: las reglas; el ello es la parte de impulso. Ambos deben estar presentes porque son sanos y necesarios; el asunto es que se puedan ir integrando de manera que el joven no entre en conflicto.

 

“En el caso de estos chicos que llegan a una violencia extrema, esta parte del súper yo no está integrada, no hay esta incorporación de reglas, del deber ser; hay un conflicto latente con todo lo que tendría que ver con la autoridad”.

 

Factores de protección

Este tipo de estrategias deberían irse forjando en casa, en la familia, y es que tiene que ver con ejemplo y el uso del tiempo libre de los jóvenes.

 

“Está comprobado que tener actividades deportivas, artísticas o culturales se convierte en factores de protección, que son esquemas manejados en el ámbito de las adicciones”.

También se debería supervisar la información que va llegando a los chicos, porque es una parte que ha detonado ese juego, “esa parte de jueguito que se mata y al rato va a resucitar, y no es así”.

 

La psicóloga advierte de la necesidad de manejar consecuencias y congruencia por parte de los papás, además del manejo de límites, factores de protección básicos.

 

No se debe olvidar que en el aspecto escolar, las instituciones deben tener límites y consecuencias bien definidos. “El juicio práctico y el sentido común se van fomentando con reglas claras”.

 

De acuerdo con su experiencia profesional, ha detectado que escuelas estructuradas, con reglas claras, definidas y congruentes, daban mejores resultados académicos.

“Escuelas en las que llevaban más programas había un rendimiento académico mayor, porque una el bajo rendimiento escolar está relacionado con algunas deficiencias del plantel.”

 

En la etapa de secundaria, los chicos respetan más a los maestros exigentes que a los “barcos”, porque al final buscan redes que los contengan, aunque parezca que prefieren el desorden, un “maestro barco” es lo que menos les ayuda.  Los profesores que son congruentes, firmes, además pueden ser más asertivos con los estudiantes.

 

Agresores y agredidos

Se han detectado algunas coincidencias en los jóvenes que son agredidos, por lo general tienen baja autoestima, fueron sobreprotegidos en el ámbito familiar, son aislados, retraídos; en este caso el factor de protección sería la atención.

 

Se debe detectar cuando se trata de “normalizar” conductas que pudieran ser focos rojos: cuando se justifica que un adolescente es solitario, sin embargo, no se debe olvidar que los jóvenes entre los 12 y 18 años tienen periodos en los que quieren estar solos, pero quieren tener actividad.

 

El problema es que en la soledad el joven se va consumiendo y se vuelve una bomba; son personas que van a cursar con una tendencia depresiva, que genera agresión o agresividad contenida.

 

La agresividad contenida se convierte en autoagresión, cuando se pueden cortar y lastimarse, pero puede llegar al grado de que ya no es suficiente y viene la explosión hacia los demás.

 

Morales Torres explica que esto se conoce como desplazamiento, es decir, esos deseos los coloco en el otro, al detonar la agresividad y terminar con el otro, entonces, termino con mi sufrimiento, mi dolor.

 

En el agredido existe el pensamiento de “ya no quiero vivir”, pero en realidad, la oración completa es “ya no quiero vivir de esta manera”.

 

En esta etapa suicida, el joven deja de lado la segunda parte de la oración y coloca en el agresor la solución a su problema, por lo que al quitar esa parte se sentirá libre.

 

“De esta manera me rescato, al momento que mato a otros me rescato; es lo mínimo que puedo hacer por mí”.

 

izas

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