Ajedrez: Partidas rápidas a 5 minutos o más rápido aún... a velocidad de una bala / En la opinión de Manuel Michelone

Por Manuel Michelone/ Apro/ MX Político

El ajedrez siempre se ha considerado un juego de mucha paciencia. Se dice que en una ocasión Morphy jugaba una partida (sin reloj de ajedrez) y que después de 10 horas de pensar, levantó la vista al rival y éste le dijo: “Ah, qué, ¿juego yo?”, y aunque probablemente la anécdota sea falsa, nos habla de las largas meditaciones en las que se involucran los jugadores tablero de por medio.

Por muchos años, el ajedrez se jugó a este ritmo de forma oficial: dos horas y 30 minutos por jugador para las primeras 40 jugadas, para continuar con una hora para los siguientes 16 movimientos. Esto hacía que una partida de torneo durara fácilmente más de cuatro horas. Y curiosamente, una vez que se cumplían las cinco horas, uno de los jugadores podía pedir la suspensión de la partida para continuarla en alguna otra fecha. 

Esto desapareció con la llegada de las computadoras y los análisis de las mismas, que quitaron a los ajedrecistas la difícil tarea de analizar posiciones complejas.

Pero con el tiempo se modificó la cantidad de horas que se podían usar para pensar. Entonces surgió un nuevo ritmo que estuvo vigente por muchos años: dos horas para 40 jugadas y una hora para las siguientes 20 jugadas, por jugador. En torneos de fin de semana se imponían ritmos como 50 jugadas para las dos primeras horas. Y aun así el ajedrez seguía siendo un “deporte” lento, de reflexión profunda.

Pero entonces apareció el reloj de ajedrez digital, que en algún sentido fue idea de Fischer, y se promovió la propuesta de jugar a una hora con 30 minutos para toda la partida, pero con 30 segundos de bonificación por jugada realizada. Así, el ajedrecista podía empezar con una hora 30 minutos, y si hacía rápido su primera jugada, tendría 30 segundos más. Si lo pensamos, esto era 1:50 horas para 40 jugadas, pero con una notable diferencia: para hacerse de los 20 minutos de bonificación (30 segundos por jugada por 40 jugadas) se requería hacerlas, es decir, no estaban dadas. 

Supuestamente esto evitaría los terribles apuros de tiempo para que un jugador llegase a la jugada 40 sin perder por tiempo, pero lo único que logró es que ahora un jugador apurado de tiempo podría estarlo por muchísimas jugadas.

La idea de Fischer en realidad no resultó, pero sí eliminó que un jugador, estando perdido en el tablero, buscara ganar por tiempo a su contrincante. Con la bonificación de 30 segundos, esto ya era suficiente tiempo para rematar la partida.

Pero aparte de los ritmos lentos, hay ajedrez rápido, donde los jugadores tienen cinco minutos por jugador para toda la partida.  Aquí los máximos exponentes son de nuevo los grandes maestros que tienen una percepción del tablero fuera de serie y que incluso con tan poco tiempo, en ocasiones hacen partidas por demás brillantes.

También se instauró el ajedrez rápido de tres minutos por jugador y en ocasiones tres minutos por cráneo, con dos segundos de incremento por cada jugada realizada. Ya el lector podrá pensar que esto es ajedrez “súper-rápido”. 

No obstante, hay un ritmo más: un minuto por jugador, es decir, “ajedrez bala”, y el ajedrecista debe hacer todas las jugadas necesarias en ese lapso. De no lograrlo podría perder por tiempo, por ejemplo. Y perder por tiempo es equivalente en términos reglamentarios a perder porque le dieron jaque mate.

Así pues, hay muchos ritmos, y los más rápidos son muy populares en los portales de ajedrez. Desde luego que esto hace que el juego sea más superficial, y en realidad todos los maestros se oponen a este tipo de práctica si se desea progresar. El excampeón mundial Botvinnik no jugaba partidas de “ping-pong” (a cinco minutos por jugador), indicando que eso iba en detrimento de la profundidad en el análisis, que finalmente era la esencia del juego ciencia.

Como sea, estas partidas a toda velocidad son divertidas, pero nada más. Si quiere progresar en el ajedrez de torneo quizás deba eliminar este tipo de actividades de su preparación.

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Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

 

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