Contraplano: Lady Macbeth”: una pasión demencial/ En la opinión de Luciano Campos

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Por Luciano Campos 

De inicio, en Lady Macbeth (Lady Macbeth, 2017) llama la atención la simetría de los encuadres y la iluminación perfecta. La sobriedad de las tomas es igual a la conducta diligente e higiénica de Katherine (Florence Pugh), una bella jovencita vendida como propiedad al hijo pusilánime de un rico terrateniente.

La ambientación en la campiña inglesa del Siglo XIX es ocasión para el retraimiento, el sigilo y la apatía. Con planos mayormente fijos se muestra una atmósfera de tensa quietud, en la que la chica desatendida por el marido no tiene más ocupación que ser bella, estar perfectamente arreglada y perder el tiempo, en espera de que él voltee a verla. La atmósfera se crispa fácilmente en un silencio completo, prácticamente carente de música ambiental.

Hasta que la naturaleza obra su efecto, desata ímpetus arrolladores y colapsa el pequeño mundo creado al interior de la hacienda.

En su opera prima, el realizador William Oldroyd muestra con sorprendente precisión cómo un alma dulce puede transformarse, rápidamente, en un demonio. La carnalidad recién descubierta en un grado embriagador y desquiciante produce un estado demencial en Katherine, quien, anestesiada por la lujuria, está dispuesta a todo por mantener viva la pasión que, literalmente, la ha enloquecido.

Basada en el relato corto Lady Macbeth de Mtsensk, de Nicolai Leskov, la película tiene algunas reminiscencias de la obra de Shakespeare, por la ambición y sus efectos demoledores.

Lo que parece ser, de inicio, un acercamiento a las tribulaciones femeninas propias de un relato firmado por Sofía Coppola, se transforma en un cuento con sesgos almodovarianos sobre una mujer que recién descubre la vida y que, inocentemente, reclama de ella todo lo que cree merecer, sin reparar en las ruinas que deja tras su paso.

Es asombrosa la deformación horrorífica de una doncella en un monstruo. No hay manera de culpar a la sociedad opresora, que confinaba a las mujeres a la crianza y la cama. La mujer entra en un modo de carencia de recato, animada por el sexo que, a manos llenas, le da su vigoroso amante. Los pasajes eróticos son tratados con delicadeza y refinamiento, para mostrar la fiebre juvenil de los amantes nuevos.

En una actuación trepidante, Florence Puigh atemoriza por la exhibición de fuerza interior de Katherine, una primorosa flor que, libre y salvaje, devora todo, en una repulsiva exhibición de voluntad imbatible. Sin perder jamás la figura, es como un trozo de hielo que no tiene planes, sino impulsos, y que no es calculadora, sino simplemente fría.

En una época como la actual, en la que el empoderamiento de las damas asciende, Katherine asume aquí el control total y dispone de las vidas de todos. La tercera parte del relato es prácticamente insoportable, por las atrocidades que, se anticipa, está dispuesta a cometer para proclamarse ganadora final de un absurdo desafío al que ha sido llevada por su propia perversión.

En el desenlace hay un vuelco irónico que confirma la mala entraña de la señora de la casa. La conciencia es un juez severo, aunque esta dama es a prueba de reproches.

Aunque es un drama de época, la moraleja es atemporal: la avaricia provoca daños y desolación. Siempre.

Lady Macbeth es una aventura criminal estrujante y emocionalmente intensa.

Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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