El traje nuevo del Caudillo / En la opinión de Diego Guerrero

Por Diego Guerrero

 

 […]

 

—¡Pero si no lleva nada! —exclamó de pronto un niño.

 

—¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! —dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

 

—¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

 

—¡Pero si no lleva nada! —gritó, al fin, el pueblo entero.

 

Aquello inquietó al Emperador, pues suponía que el pueblo tenía razón; mas pensó: ‘Hay que aguantar hasta el fin’. Y siguió más altivo que antes; y los encargados de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

 

Así concluye aquel cuento de Hans Christian Andersen que muy probablemente leímos cuando niños. El pueblo se dio cuenta de que su emperador iba desnudo; decidió alzar la voz ante el vergonzoso desfile del personaje que vivía ensimismado en su vanidad y en su estupidez por convicción.

 

En México ha llegado un nuevo emperador; un caudillo que se ufana de portar nuevas ropas; que alardea diciendo que el nuevo traje de su gobierno cuesta menos y no está manchado. Pero quién será el valiente ciudadano, de esos que lo han defendido a ultranza, que alce la voz y señale sus faltas; que se atreva a cuestionar al mesías tropical —como lo ha nombrado Enrique Krauze— cuando haya que hacerlo. ¿Habrá quién se atreva a gritar su desnudez cuando eventualmente nos demos cuenta de que sus ropas son las mismas?

 

Me incomoda sobremanera el silencio que han demostrado quienes enarbolan la bandera del lopezobradorismo ante sus evidentes torpezas. El reciente escándalo del fideicomiso para los damnificados de los sismos de septiembre del año pasado hace aún más ruidoso su silencio. Resulta triste ver que no tengan el valor de cuestionarlo, o por lo menos argumentar a su favor de manera educada e inteligente. Es penoso ver la forma en que se parapetan detrás de un par de descalificaciones mal estructuradas y rehúyen el debate.

 

No desvirtúo el triunfo de Andrés Manuel López Obrador el primero de julio. Pero aborrezco el silencio autoimpuesto de sus simpatizantes. Parece que a esas legiones de seguidores suyos los acecha la autocensura; como si alguien les hubiera puesto una mordaza que no están dispuestos a quitarse. No hay nada más sano para nuestra democracia que el debate, la crítica argumentada, el intercambio y choque de ideas, pero parece que los lopezobradoristas prefieren justamente que el debate enferme y calle.

 

Antes en este espacio escribí que el triunfo de López Obrador emitió un mensaje muy contundente en pro de la democracia y del sistema electoral mexicano, y acabó con suspicacias históricas. Lo que me preocupa es que la democracia se haya reforzado para flaquear; que la libertad haya actuado para menguar.

 

Una vez un amigo me habló de la oclocracia y ahora considero prudente hablar del término: ocurre que se degrada la democracia y la muchedumbre, una masa desorganizada, irracional y corrupta, asume el gobierno de manera, digamos, tiránica. Esa muchedumbre utiliza el miedo y el nacionalismo y, en general, el circo, el linchamiento y la dádiva o el favor como formas de ejercer justicia y repartir bienes.

 

Para que la oclocracia se complete, además de la muchedumbre, hace falta el oclócrata, el demagogo; éste se presenta como el caudillo carismático, dotado de la capacidad intuitiva de adaptar materiales simbólicos a las necesidades de la muchedumbre haciéndole ver que va a satisfacer sus más inmediatas necesidades para, de esa forma, mantener la adhesión de ese sector social, hundido en la ignorancia y el abatimiento y que, ante la manipulación del oclócrata, se vuelca hacia éste con fe ciega.

 

Así se puede explicar a profetas, hechiceros, árbitros, guías de cacería o caudillos militares. Se les considera poseedores de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas. En fin, un emisario divino.

 

La muchedumbre da vida al oclócrata, pues a través de él cree que ejerce el poder y que su situación mejora aunque esté hundiéndose en la más profunda de las miserias, pero jamás pierde la esperanza.

 

Nuestra democracia no debe degradarse. Hay que entender que siempre habrá vicisitudes nacionales. El descontento siempre estará ahí, pero asumámoslo en la democracia, no con ella; expresemos nuestro desencanto dentro de la democracia, no con ella. Gritemos a los cuatro vientos, cuando sea pertinente, que nuestro emperador, nuestro caudillo, va desnudo.

 

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Diego Guerrero es licenciado en Comunicación y Periodismo por la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Mexicano. 22 años. Apasionado por la política y el ejercicio democrático a través del periodismo. Ha desempeñado toda su trayectoria profesional en Grupo Imagen. Twitter: @GO_DIEGOH

 

Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

 

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