El llamado matrimonio igualitario / En opinión de Jorge Miguel Ramírez Pérez

Redacción MXPolítico.- Las modas según la Ley de Laver formulada en 1937, cuando tienen diez años de retraso, son sencillamente “horrorosas” y cuando tienen más de veinte años de retraso son “ridículas”.

El llamado matrimonio entre personas del mismo sexo es un tema de moda, que tiene entre diez a veinte años de retraso en México, porque empezó con los albores del siglo XXI en el mal denominado primer mundo, modelo de innovaciones tecnológicas y de depredaciones morales y ambientales.

Allá surgió como un capricho de la moda entonces “indecente” diez años antes en la década de los noventa, pero fue hasta que empezó el siglo XXI, que obtuvo su inscripción en las leyes de los países ricos, destacados por hacer del ocio su principal afán.

De modo que se ha presentado en México, como una tendencia pasada, propia del las imitaciones del tercer mundo: atrasadas, y mucho; que usando siempre, las categorías de Laver, resulta, en nuestro país, en una definición entre lo horroroso y lo ridículo. 

Pero circunscribir a la moda todo capricho, sería inocuo porque en este caso es una moda, fantasiosa pero distante de la legalidad, aunque se enojen los enredosos leguleyos que sacan conclusiones seudojurídicas, invadiendo esferas y desestructurando conceptos.

Y no me voy a referir a los principios morales, que dicen ampulosamente fundamentar el origen de las leyes, porque ya se, que para esos jurisconsultos, la moral, es un árbol que da moras.

Tampoco me fundamento en las convicciones religiosas porque sería hacerles el juego a quienes acusan de fanatismo, lo que no quieren ver con la objetividad que el razonamiento científico sustenta su error.

Sino al origen del matrimonio, a su raíz etimológica, que proviene de la palabra matriz, en una referencia directa a la función del vínculo, que lo explica como el fin de la procreación y de ahí la tutela del estado, su legalidad porque es de interés público, el repoblamiento natural de la raza.

También por lo mismo, indisolublemente interesado el Estado está en el resultado de ese vínculo, es decir, en la vida misma del infante que surge de esa unión. Por eso el matrimonio, per se, como tal, es la marca indeleble de la idea de la continuidad de las generaciones y de la manifestación celular de la sociedad en su conjunto.

Por eso no aplica algo como matrimonio del mismo sexo, porque sencillamente no procrean nada, y no hay vida de infantes producto natural de esa relación en la que el Estado tenga parte. ¿Se entiende?

Nadie en México está en contra que las personas tengan el tipo de relación personal que quieran, es su decisión. Las decisiones que cada quien adopte mientras no vulneren el orden de convivencia, se corresponden al ámbito en el que solo a ellos compete. Si es bueno lo que hacen será bueno para ellos y si no lo es, cada quien cargara con sus errores, repito mientras no sean delitos que afecten a los demás.

En México, lo privado se respeta. Y nadie quiere a menos eso creo, que lo que se hace privadamente incluso algo tan cotidiano como son las necesidades fisiológicas, pertenezca a lo público. Porque los que quieren que se sepa lo que hacen en privado y hacen alarde de ello, me parece que son mas bien exhibicionistas que nada tienen que ver con buscar dignificar derechos . 

Entonces tener una amistad o una relación que no tiene ni tendrá científicamente prole, no es matrimonio. Y eso al Estado no le interesa o no debe interesarle, porque no hay cambio de sexos, como se dice, eso no es posible, es una expresión fantasiosa, son en todo caso: mutilaciones. Ya que dos mismos sexos no procrean nada.

Así que los afectos y desafectos de las personas no son competencia del estado mientras no violen la ley. Por eso cuando en un matrimonio no hay hijos y las diferencias inclinan a  los interesados al divorcio, resulta expedito, mientras no existan conflictos de interés en bienes; porque aún considerando la potencialidad reproductiva de la pareja, al no haber descendencia, el Estado, deja de tener interés público en la suerte del vínculo.

El Estado en el supuesto matrimonio del mismo sexo, no tutela nada. Nada le interesa, no hay reproducción. Punto. He escuchado que cuando muere alguna pareja del mismo sexo, el acompañante se queda sin derechos. Eso es falso, porque en México, cada quien le puede heredar a quien quiera, el derecho se lo da el testador. Si no le legó el fallecido al acompañante es: porque no quiso legarle nada. Así de sencillo.

Y de la misma manera la pensión de viudas tiene una raíz lógica porque el legislador le otorga ese derecho a quien no trabajó directamente con la fuente de empleo, pero le dio hijos que tomaron tiempo y dedicación del cónyuge, lo que le impedía tener ingresos en un empleo propio. Ese origen del derecho, aunque no se acomoda totalmente al modelo que lo originó, es lo que hace la excepción de recibir del vínculo de la reproducción, un beneficio.

Ahora bien si alguien quiere asegurar a quien quiera, puede hacerlo comprando un seguro. El estado y sus mecanismos no tienen porqué pagar a un tercero por servicios prestados, a nada que le interese sustancialmente al Estado, ni remotamente al bien común. ¿Estamos?

Y menos dotarles a ese remedo de matrimonio, el “derecho de adopción”. Porque los que adoptan no tienen ningún derecho. Escuche bien mi estimado lector, el derecho es del infante que pierde a sus padres, del niño, no de los que quieren adoptarlo. Y el Estado tutela la posibilidad de restituirle lo que no tiene la criatura, sus padres: léase, padre y madre de los que nació. No un par de personas equis, que tienen la fantasía de que ellos lo procrearon o el deseo de poseer niños. ¡Vaya tontera!

Muy fácil: el Estado no puede hacer leyes que son de observancia general para satisfacer caprichos y entelequias.

Y felicito a los legisladores de Sinaloa que entienden bien, que en el fondo de esa maquinación están los intereses trasnacionales de los poderosos neomalthusianos, los que quieren impedir que haya reproducción en el mundo, puros intereses para que México siga imitando modas que no aplican.

Un agradecimiento también a Agustín Laje y a Nicolás Márquez quienes tienen claro el tema que no debería ser tema. 

 Autor: Jorge Miguel Ramírez Pérez

 

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