Peña Nieto, triunfante / En la opinión de Arturo Rodríguez

Por Arturo Rodríguez/ Apro

Afirmar que el presidente Enrique Peña Nieto es un gobernante derrotado, que dilapidó demasiado rápido su popularidad y llega a la sucesión presidencial de 2018 con una Presidencia sin fuerza, es un error.

El mexiquense lo ha dicho: no gobierna para las encuestas ni para la popularidad. Y aunque es de suponerse que a todo gobernante le interesa pasar a la historia, hay que recordar que -también lo dijo- es un pragmático que ha conseguido todo lo que se ha propuesto, aunque, según las encuestas, el 80% de los ciudadanos desapruebe su mandato.

Asunto de percepción. Al principio del sexenio parecía un mal producto de la televisión, un débil con protestas en las calles, un ignorante que para llegar garantizó impunidad a Felipe Calderón, esposo de la hoy candidata presidencial Margarita Zavala.

En los hechos, consiguió las reformas estructurales tan anheladas por poderes invisibles --representados por personalidades de la transexenalidad e interpartidismo, como José Antonio Meade-- y tuvo el apoyo de los dos partidos de oposición más representativos. 

Entre los reformistas estaba Ricardo Anaya, hoy candidato presidencial del PAN. En tanto, operó eficaz la represión con aliados perredistas: las marchas en la Ciudad de México, con Miguel Ángel Mancera; los estudiantes de Ayotzinapa, en Guerrero, con Ángel Aguirre; Nochixtlán, Oaxaca, con Gabino Cué.

Reformas y garrote, pues, todo en acuerdo con el PAN y el PRD. Mientras, con todo y la indignación por Ayotzinapa, los escándalos de las casas, las evidencias respecto a OHL y los primeros indicios de Odebrecht, mantuvo mayoría legislativa en la elección intermedia; los negocios al amparo del poder para la elite mexiquense, y ahí donde la vieja tecnocracia cumple un papel gerencial, se acrecentaron a extremos aún inimaginables ¿Qué más da ceder gubernaturas y sacrificar gobernadores?

Ejemplo de estos días. Justo dentro de un mes, el próximo 11 de mayo, se cumplirán seis años desde que el Movimiento #YoSoy132 llegó a la vida pública con una efímera y, sin embargo, trascendente irrupción. La respuesta de Peña Nieto en aquellos días fue su Manifiesto por una Presidencia Democrática, que llevó como puntos torales la promesa de una ley anticorrupción, reforma en transparencia y regulación de publicidad oficial. Las reiteró en el período de transición.

En los hechos, las medidas anticorrupción se consiguieron -con celebración de la llamada sociedad civil tan próxima o propia de las elites empresariales-- tras los escándalos, pero no son operantes y ni siquiera hay fiscal; la reforma de transparencia es irrelevante, pues hubo comisionados a modo como Ximena Puente, hoy futura senadora del PRI, en tanto las demás reformas (como la energética) cerraron información. Respecto a la publicidad oficial, el pasado martes quedó en ley a modo. 

La noche del lunes 9, el Tribunal Electoral instruyó el registro como candidato presidencial de Jaime Rodríguez Calderón. Ahora, quienes festinaron la Reforma Política y avalaron los órganos electorales, aparentemente cuestionan el fallo como cuestionaron brevemente lo ocurrido con la fiscalía electoral que, por cierto, ya se les olvidó.

Y así, entre asuntos olvidados, el sexenio agoniza y Peña Nieto sigue invicto, impopular y cuestionado, sí, pero triunfante… una modalidad de presidencialismo autoritario, para mayor eficiencia, con apariencias a salvo que, naturalmente, incide en la sucesión presidencial. Suponerlo derrotado, es pecar de ingenuos.

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