Cosmos: La descripción física del mundo / en opinión de Martín Casillas de Alba

Conseguí una copia facsimilar del primer volumen de Cosmos en español, (amazon.com.mx por $155 pesos), una de las obras maestras de Alexander von Humboldt (1769-1859) escrita en 1843 vertida al español –como bien dicen–, por Bernardo Giner y José de Fuentes, publicada en Madrid, España en 1874 por la imprenta de Gaspar y Roig, Editores. Tenía curiosidad de conocer esta obra del siglo XIX y darle una hojeada para ver si entendía por qué fue un libro de cabecera para Charles Darwin, Henry David Thoreau, George Perkins Marsh, Ernest Haeckel y John Muir, que les sirvió para “comprender el mundo de los fenómenos y las formas físicas en su conexión y mutua influencia”.

La primera parte trata sobre lo Celeste y, con esa lectura recordé la noche que me asomé al cosmos a través del lente de dos metros del observatorio de San Pedro Mártir en BCS: vimos galaxias a una distancia de dos mil millones de años luz y hasta ahora, no he podido olvidar a esas estrellas que chisporroteaban por el espacio que imaginé cercano al infinito con más de cien mil millones de galaxias.

La segunda parte se trata de la Naturaleza, esa que escribió pensando en “aquellos a quienes el prolongado e íntimo contacto con la naturaleza penetró el sentimiento de su grandeza”, deseando despertar su interés, sobre todo, si lograba retratar “una parte siquiera de lo que el espíritu humano percibe como general, constante y eterno, entre las aparentes fluctuaciones de los fenómenos del Universo.”

Me disculpo de antemano porque la estética y la grandeza de la Naturaleza la he percibido de manera superficial y frívola cuando me he asomado al “paisaje del silencio” desde La Oscurana en Tapalpa, para ver al Volcán y al Nevado de Colima, imaginando la conexión que puede haber entre las fuerzas que lo componen.

El mar lo admiré desde la terraza de Las Camelinas una vez de manera notable, cuando estuve tres meses escribiendo mi primer libro, sin horario alguno y, un día, a las seis de la mañana, vi con mis propios ojos a un mar en calma chicha, azul tenue como el cielo cuando, al mismo tiempo Febo preparaba su carro de fuego al Oriente y, cansada de haber pasado la noche en medio de tantas estrellas “gordas, hinchadas de tanta noche”, la pálida Luna se refugiaba al Poniente escapando del dios del fuego.

“La naturaleza es el reino de la libertad, y para pintar vivamente las concepciones, los goces que se logran por su contemplación profunda y espontánea como la que engendra, sería preciso dar al pensamiento una expresión también libre y noble en armonía con la grandeza y majestad de la creación”, así escribe Humboldt.

Los que vivimos en las metrópolis, sólo vemos el paisaje urbano de cemento y los productos que vienen de la mano del hombre que lo habita en medio de un caos más o menos ordenado, contaminado, donde el paisaje son sus propias creaciones como la música interpretada por la OFUNAM bajo la batuta de Massimo Quarta y la mejor versión del Réquiem de Verdi que he escuchado en vivo. ¡Ah!, pero eso sí, cuando salimos al estacionamiento, pude admirar al Popocatépetl y la mujer dormida, cubiertos con un manto blanco de nieve.

“Lo más elevado e importante de esta investigación es el conocimiento de la conexión que existe entre las fuerzas de la naturaleza, y el sentimiento íntimo de su mutua dependencia” y, con eso, detengo la lectura, salgo a la terraza para ver una de las azaleas recién floreada y reinstalada en una maceta más grande para que en el futuro se pueda estirar todo lo que pueda: no pude dejar de sonreír al ver el esplendor de esa pieza infinitesimal de la Naturaleza –como uno mismo–, parte de la armonía del Universo que nos rodea y, entonces, pensé que la hojeada que le di a Cosmos había valido la pena.

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