Quisicosas: Caras largas en democracia. La falacia del voto responsable / En la opinión de Marcos Marín Amezcua

Por Marcos Marin Amezcua 

Cada seis años es la misma historia, aunque se nos olvide: la democracia supone que unos ganan y otros pierden. Punto. Y la opción que gana no implica ni requiere que usted insulte al ganador, pero, sobre todo, a sus votantes (cosa también frecuente, gane un Peña Nieto, un Calderón, un López Obrador) y luego si el elegido falla, lo vuelva a insultar. Y a sus votantes. No es el camino a ellos, y no es la manera de evaluar desempeños públicos agrediendo a los votantes de tal o cual.

En dado caso, las baterías de reclamo han de enfilarse al gobernante que ha fallado, no al votante que lo elige, porque lo ha hecho con un sinnúmero de razones perfectamente válidas al momento de emitir su voto. La situación y el contexto de elección en efecto, era una determinada en el momento de producirse, quizás ya otra o no al inicio de un sexenio y muy posiblemente variará al final de aquel. Por eso existen las elecciones recurrentes en los plazos legales previstos, para replantearse objetivos e intereses nacionales y personales y actuar en consecuencia frente a los candidatos. Y usted puede votar una vez por un partido y otra por otro, porque tiene el derecho de valorar desempeños y de ponderar sus intereses ciudadanos del momento.

En este sentido recién una colega me decía: ustedes , los que votaron por..., ojalá que cumplan... Pues no, no es nosotros, porque nosotros no ocuparemos el cargo público. No revolvemos las cosas.

Y en efecto, la democracia inicia en la lógica de que una opción política gana y otra pierde. Eso supone alegría o rabia. Digo rabia, porque se les va el hueso a los directamente candidateados, también hay que decirlo.

Y ahora cunde otra memez. Que la gente se responsabilice de su voto. Sí, cabe añadir para completar esa idea trunca: "si no votaron por la continuidad del PRI o por un proyecto sin pies ni cabeza con Anaya a la vista". Semejante chantaje no es nuevo, pero en esta elección ha cundido de una manera que merece reflexionarse.

Por principio de cuentas dígase a toro pasado, que los priistas "quienes todo el sexenio tuvieron motivos para sostener su sonrisa a costa de los errores de Peña Nieto, callándolos pese a conocerlos" estuvieron bastante despreocupados en hacerse responsables del voto que lo hizo ganar en 2012. No pedían tal responsabilidad. Mucho menos la asumieron. No les convenía. Perdieron así legitimidad para exigírsela a los demás. Eso sin decir exactamente qué significaría eso de responsabilizarse. ¿Serán atacados por el resto, aquellos votantes de López y deben de aguantar insultos? Es una hipótesis que resultaría insostenible.

La verdad es que quién sabe a qué se refiera eso de responsabilizarse. 

Así pues, los votantes eligen porque es su derecho. Esa cantaleta ahora esgrimida desde los que vieron perder a sus candidatos y consistente en decir que los votantes de López Obrador se hagan los responsables de tal cual cosa, se responde fácil y sencillo: primero: no se les recuerdan sus gemidos y lloriqueos cuando favorecieron al PRI en 2012 o del PAN antes, diciendo que eran responsables de su voto y así se asumían. Mucho menos describieron en qué consistía tal asunción. ¿Pedirlo ahora a los demás? Acabáramos. Qué incongruentes y qué carentes de toda legitimidad para pedirlo. Es que van equivocados en lo que valoran y en la manera en que lo hacen, como lo exprese párrafos antes. Será que equivocan su discurso. No es cosa de responsabilizarse. Ya lo han hecho, votando. Los resultados del ejercicio público no son de ellos. Todos están para exigir resultados. Incluso, los simpatizantes. 

Quizás para muchos el triunfo de López Obrador solo deje ver las caras de satisfacción de sus votantes. Pero olvidan que esta historia ya la vimos cuando ganó el PRI. Seis años han gozado los priistas de su alegría al ver a uno al frente del país. Pese a los pésimos resultados. Penoso, pero muy válido. Ya se les acabó y está bien porque el PRI perdió. Así procede en democracia. Los malos desempeños se cobran en las urnas. Pasan otros al frente.

Las caras largas de quienes pierden en una  elección pueden cambiar si los electores lo deciden en la siguiente, gracias al buen o mal desempeño del gobernante y desde luego, al mejor candidato opositor que pueda encausar el sentir de los votantes.

Pase lo que pase, el elector ejerce su derecho y junto a él, el de evaluar desempeños y llegado el caso, procede cobrarlos o premiarlos en las urnas. Punto.

Esa zarandaja de que cada quien se responsabilice de su voto, pero entrañando que  para luego se use el veredicto o el desempeño público del elegido como piedra arrojadiza, es de una memez  y de una irresponsabilidad que además de denunciarse, merecen rechazarse. La gente vota en sus circunstancias y con su contexto. Y todos finalmente esperan que el gobernante triunfante haga un papel medianamente decoroso. Ya luego encausar sus traumas contra el resto de los votantes con chantajes ruines e inmaduros, y no contra los gobernantes, es inadmisible. Así de sencillo.

Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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