Santoral Político / En la opinión de Gerardo Abud

La Muerte Tiene Permiso

Vivos y muertos…, acaso el mundo no sea sino la suma de ambos. Con toda razón el viejo Miguel de Unamuno decía que “los hombres son los únicos animales que cargan con sus muertos toda la vida”. Lo sabremos nosotros, habitantes de un lugar donde la muerte tiene permiso (¿y donde no la tiene?).

País de ritos y aquelarres, “celebramos” el día de muertos con risas y llanto. La muerte nos divierte, pero nos asusta tanto como la propia vida. Nos reímos de miedo; lloramos de la alegría de no estar muertos –tal vez, o quizás al contrario.

“Adornamos nuestras casas con cráneos –Dice Octavio Paz–, comemos el día de los difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no nos dispersa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿Qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿Qué me importa la muerte si no me importa la vida?”.

Quizás no sea tan simple. Quizás nos reímos para no llorar, o simplemente lloramos por lo que os espera, lo que las calaveras –aun de azúcar, con su sabor dulce– nos recuerdan: la muerte nos espera.

Sostiene George Batailleen El Erotismo, p.50– que “El muerto es un peligro para los que se quedan; y si su deber es hundirlo en la tierra, es menos para ponerlo a él al abrigo, que para ponerse a ellos mismos al abrigo de su “contagio”. ¿Será entonces que acudimos al panteón, enterramos un cuerpo y nos alejamos del camposanto para acercarnos a nuestra propia muerte?

“El cadáver fresco –continúa Bataille– es la imagen del destino, lleva en sí mismo una amenaza.” Entonces, ¿Qué celebramos el día de muertos? Celebrar la muerte nos recuerda que estamos vivos. Celebrar la muerte es celebrar la vida que nos queda.

En fin, cada quien sus muertos, cada quien sus penas, sus condenas… Cada quien vive o muere a través de sus muertos.

Cada quien muere un poco con ellos. Cada quien los entierra tan profundo como puede o quiere. Cada cual vive a sus muertos a su manera.

Reírse o llorar de la muerte, quizás da lo mismo. Celebrar es siempre un acto vital. Sólo lo hacen los que están vivos, aunque se disfracen de muertos.

Nadie puede ser indiferente a la muerte, pero ¿para qué preocuparse por ella cuando todavía no llega?, ¿Qué es la muerte? –la pregunta que recupera Octavio Paz– ¿Cómo saberlo si pasamos la vida tratando de entender de qué se trata la propia vida? ¿Cómo saberlo estando vivo?    

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