Pipo / En opinión de Octavio Raziel

Redacción MXPolítico.- En Puerto Iguazú se encuentran unas de las cataratas más bellas del mundo. Formaban parte de mi primer viaje que hice a la Argentina y a Uruguay. El vuelo desde Buenos Aires es largo, y casi todo el tiempo sobre el Río de la Plata. Mientras admiraba el paisaje hacía un recuento de los suvenires que llevaba para la gente que iba a conocer. Había un mini sombrero de charro, unas muñequitas vestidas con trajes típicos mexicanos, y hasta dos tazas para café.

Puerto Iguazú, está en la región de Misiones y en las cataratas confluyen las fronteras de Argentina, Brasil y Paraguay. Toda selva, hoteles cercanos y zonas habitacionales –como en todos lados- de ricos y servidores turísticos.

La excursión sería al siguiente día, así que caminé hacia la zona habitacional donde me encontré frente a un modesto local con una llave de promoción colgando de la puerta: Cerrajería Pipo. Me recibió un hombre maduro con quien me presenté como aficionado al oficio de la cerrajería. Platicamos largo rato; me habló de las largas distancias que tenía que recorrer hasta los lugares donde debía dar servicio. La escasa población de Puerto Iguazú da poco trabajo, añadió. Al final le obsequié una taza con el logotipo de los cerrajeros profesionales de México, así como un juego de ganzúas que había comprado ex profeso para regalar. (La otra taza la obsequié a un cerrajero de Buenos Aires, al que aprendí a apreciar y hasta la fecha gozo de su amistad: Roberto Álvarez y familia)

En los viajes que he realizado por cuestiones de trabajo a países alrededor del mundo, siempre me doy un tiempito para conocer sus cerrajerías. Son algo que me atrae. Pareciera que todas hacen lo mismo, pero no, todas son diferentes y los profesionales de este oficio se comportan diferentes. Unos son hoscos, celosos de su trabajo y otros –aunque no nos entendamos en idioma- muestran gran alegría de saber que hay alguien en algún otro lugar con gustos similares. He entrado a algunas de Vietnam o Singapur, Canadá, Moscú, Estados Unidos, Beijín, Barcelona o Perú.

Mi afición por las cerraduras nació mientras leía historias de la Revolución Francesa, época que siempre me interesó, en lo político y social. Luis XVI, Rey de Francia de 1774 al 1792 era un amante de lo artesanal; él mismo fabricaba intrincadas cerraduras. No fue muy buen soberano, pero si un buen cerrajero.

Las primeras cerraduras fueron chinas y egipcias, a las que les siguieron las asirias y las griegas. La mayoría todavía de madera y el arte y la ciencia de este oficio se remonta tanto como la historia de cada nación.

Con el tiempo, los cerrajeros han adquirido habilidades diversas. Los hay en cerramientos clásicos, de alta seguridad, de autos o de cajas fuerte.

De los cerrajeros más famosos sobresale Charles Courney, que bajaba a las profundidades del océano para buscar en barcos hundidos las cajas fuertes y abrirlas. Otro fue el gran Harry Houdini, ilusionista que se desarrolló en el arte del escape; hasta que le falló el truco y murió.

Se desarrollaron todo tipo de llaves. En Sevilla, España, en una boda a la que fui invitado, me regalaron como recuerdo la réplica de una llave de la época del Imperio Romano.

Sargent, Yale, Alba y otras industrias cambiaron sus métodos de seguridad mecánicas a electrónicas.

Las combinaciones de las cerraduras y las de las cajas fuerte, son como las mujeres: en el primer caso, con paciencia y práctica, ceden: en el se

zamgundo, son misteriosas y nunca sabrás que encontrarás en su interior.

 

Autor: Octavio Raziel

 

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